lunes, 22 de abril de 2013

En sus ojos

Temprano salí y vi sus ojos: negros, grandes, brillantes y sinceros. Me acerqué, pero desaparecieron. Aclaré mi vista con un giro alrededor de mí, pero todo estaba en su lugar. Las hojas de los árboles habían caído en la noche, secas, ancianas y débiles se arrastraban con el viento y se dejaban llevar. Su taza de café se posó en la mesa cuando lo escuché otra vez, fuerte, grave, fuera y dentro de mí. Esta oportunidad fueron tres, tres gritos claros no muy lejos de aquí como cada mañana. A mi derecha, el postigo del ventanal se cerró, a mi izquierda la brisa tocó mi oído y me congeló.
Desplacé mi mente al terror queriendo vivirlo otra vez. Las tostadas saltaron listas en la cocina y corrió. Me observaba, lo sabía, desde algún lugar él me observaba. El viento se calmó y todo quedó paralizado, al mismo tiempo que yo, con mis ojos puestos en los suyos a través de la ventana. Ese era mi destino, pero no lograba tener por completa su atención. Después de varios días, hoy debía pasar. Pegué mi rostro en el vidrio, justo cuando una gota de lluvia me tocó de atrás, mientras su vista no se apartaba de mí. Abrió la puerta y yo, en tan sólo un suspiro, me entregué. Mis ojos habían comenzado a sangrar, y ya no veía con claridad. Me tomó en sus manos. Entró y se sentó. Sus ojos me traspasaron y me recorrieron por completo, de principio a fin.
Sucedió.


Florencia Andrighetti

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